viernes, 17 de agosto de 2012


ÉTICA TEOLÓGICA Y VIDA HUMANA
Lección 2

I.                   Particularidades de la Bioética Teológica 
            
           En la lección anterior hemos reflexionado sobre el valor de la vida en el ámbito de la ética laica, en esta sesión nos aproximaremos a la reflexión teológica. Por lo que respecta a la bioética teológica es la parte de la Teología Moral que estudia la eticidad de la vida humana desde su concepción hasta la muerte a la luz de la revelación en Cristo, su origen se debe a los nuevos problemas que plantean la medicina y la biología, ciencias que han experimentado en los últimos tiempos significativos avances técnicos, los cuales interrogan de continuo a la ética y a la teología moral sobre la dignidad de la vida humana y su destino.

            Así, como parte de la ética teológica, la bioética tendrá que tener en cuenta la relación de la conducta humana en este campo con la manifestación de Dios y cómo a través de sus actos y actitudes en esta materia toda la persona humana va respondiendo al diálogo con Dios, que en Cristo y por el Espíritu Santo, le concede los dones de la vida y del amor; sin embargo. Por eso es necesario aclarar que la bioética no trata en primera instancia de condenar los abusos o los usos inadecuados de las ciencias que estudian la vida, sino aprovechar los avances y los logros de esas ciencias con el fin de obtener una vida más plena para todo hombre.

            El cristiano, fiel a un Dios que crea y ama la vida, debe ser un agente educador y protector de la conciencia humana a favor de un respeto creciente a esa vida siempre amenazada. Y es que en la tradición cristiana, como veremos, hay un núcleo de pensamiento sobre la vida que se aduce con frecuencia para subrayar la dignidad del ser humano: la vida como un don de Dios, y la imagen de Dios en el hombre, de esta manera la vida para el cristiano se ve siempre desde Dios, ante Dios y hacia Dios.

Una ulterior confirmación del valor de toda vida nos viene del hecho de la encarnación del Verbo, que asume nuestra naturaleza humana y nuestra historia: la fe en Cristo hombre refuerza y consagra todo lo humano.

            Pero esta fundamentación religiosa ha de ser presentada sin dar lugar a equívocos. La vida del ser humano, independientemente de cualquier enfoque religioso, tiene un valor en sí misma y por sí misma. Constituye la base y fundamento para que cualquier valor del ser humano pueda desarrollarse en su proyección personal y social. La vida física no garantiza automáticamente una vida en libertad, en la solidaridad con los demás abierta a Dios, pero sin ella queda radicalmente comprometido todo proyecto personal y todo servicio a la sociedad.

Por eso, la dignidad de la vida en sí misma no debe sufrir cuando se apela a Dios. La fe cristiana ha de suponer el sentimiento, fuertemente anclado en toda conciencia humana, de que la vida es un valor básico a promover por su contenido intrínseco; partiendo de esta base, se evitará la impresión que veces damos los cristianos, de que la vida humana, sin la fe en Dios, está totalmente desprotegida. Hay que afirmar el don de Dios, pero sin infravalorar la dignidad inherente a toda vida humana.

Así, en la actualidad y especialmente a partir del CVII  los moralistas católicos han tenido en cuenta una serie de orientaciones fundamentales, que podemos resumir del siguiente modo:

a)      La mera supervivencia biológica no constituye el sentido de la vida humana.
b)      Debe pasarse de una antropología del cuerpo a la de la “corporalidad” es decir la experiencia vivida del cuerpo como realidad total.
c)      El moralista debe superar en el campo de la bioética una concepción fixista, biologista y ahistórica de la naturaleza humana, pensar en el ser humano como un ser integral.
d)     Finalmente el moralista católico ha de pensar en el ser humano como un ser llamado a la trascendencia y a la realización plena en compañía de sus pares.

En este sentido, si como hemos afirmado “la bioética es la reflexión sistemática sobre la conducta en el campo de la vida y de la salud a la luz de los valores y principios éticos” y su contenido es proporcionado por los datos científicos relacionados con la vida y la salud; y su enfoque específico es el proporcionado por la reflexión ética que plantea el interrogante por el sentido lo humano; y la metodología que se impone es la interdisciplinariedad entre la ética y las distintas ciencias relacionadas con la vida y la salud, y su objeto debe ser mejorar la calidad de vida. La Bioética Teológica debe asumir estos datos y agregar aquellos que le son propios como son: su antropología y el sentido trascendental de la vida, de tal manera que el hombre creyente pueda encontrar en ella criterios y pautas, que sin contradecir los diversos conocimientos racionales y científicos, pueda aportar nuevos elementos de consideración a la hora de tomar determinaciones en torno a su vida y a la de los demás.

De la misma manera hoy los teólogos moralistas proponen tres grandes apartados para sistematizar el contenido moral de la vida humana:

1)      El comienzo de la vida humana (aborto, fecundación artificial, etc.)
2)      La calidad de vida (salud, enfermedad, trasplantes, etc.)
3)      La ética frente a la muerte (eutanasia, guerra, pena de muerte, etc.)

II. Necesidad de una nueva reflexión teológica en el campo de la vida

Una vez que hemos hablado de la pertinencia de la reflexión teológica en torno a la vida, constatamos también que hoy vivimos en unas circunstancias bastante distintas a aquellas en que se fraguaron muchos de los principios éticos que tienen que ver con ella, y aunque el contenido fundamental sigue vigente, ciertos matices se han hecho incomprensibles y duros para nuestra conciencia actual, que se acerca a estos problemas con otra sensibilidad y cultura.

De allí que una nueva reflexión se impone para ver lo que nuestros postulados, criterios y prácticas tienen de más absoluto y permanente, y qué recientes formulaciones serían necesarias para su mejor comprensibilidad. La "mentalidad enteramente nueva" (GS 80), de la que el Concilio nos habla para examinar el problema de la guerra, habría que aplicarla también de forma análoga, a otros muchos problemas, incluidos los de la bioética. Por ejemplo, nadie se atrevería hoy a defender la guerra contra herejes o paganos por no aceptar la fe católica, ni condenarlos a la hoguera por sus falsas ideas religiosas.

Los avances científicos y el progreso técnico, como hemos visto, ofrecen posibilidades inéditas y desconocidas para nuestros antepasados. Habrá que buscar una nueva respuesta para estos nuevos desafíos, que no habían planteado con anterioridad ninguna interrogante. La luz de los principios tradicionales servirá, sin duda, como una primera orientación para el análisis de los nuevos problemas e incluso para la solución de los mismos; pero en otras ocasiones tal vez los datos de las ciencias ayudarán también en la formulación más exacta y adecuada. El auge de la bioética, como ciencia, se debe precisamente a la rapidez con que avanza la técnica moderna y a la urgencia de dar cause e impedir un aparente progreso que atente contra la vida del propio hombre.

      En este sentido tenemos que tener claro que ni la simple eficacia del progreso, con todos los riegos que conlleva y los aspectos positivos que tiene, ni la pura postura dogmática de posiciones tradicionalistas deben prevalecer en una ética que aspira a orientar y encauzar la vida de los hombres y mujeres de nuestro tiempo por caminos de responsabilidad y caridad.

Por eso en su afán de proteger a la humanidad de los posibles abusos contra el mismo hombre la Iglesia ha insistido siempre en que Dios es el único dueño y soberano de la vida. El don que nos hace de ella es sólo para utilizarlo, según decíamos antes, pero sin que nadie pueda disponer, como propietario, de una existencia que no le pertenece.

Sin embargo, el hombre actual, argumentando desde la libertad y responsabilidad otorgada por el mismo Dios, con las que el cristiano actúa en otras esferas de su existencia, no acaba de ver por qué en este campo el hombre se reduce a ser un simple administrador, sin ninguna competencia ni capacidad de decisión sobre su vida. Ciertamente resulta más seguro imponer como obligatoria la voluntad de Dios, que se manifiesta en el proceso de nacer y de morir, y que escapa por completo al dominio del hombre. Pero algunos se preguntan, por qué aquí no hay espacios de libertad responsable como en otros sectores de la ética.

Es precisamente en esa disputa donde urge coherencia entre una autonomía bien comprendida y una adecuada teonomía en el campo de la reflexión moral de la vida. Pues si bien es cierto que es propio del ser humano tener una capacidad creadora, es igualmente cierto que ella tenga límites, pues ninguna acción humana se basa en el simple capricho o en una libertad sin fronteras.

Por eso, y sin negar ningunos datos fundamentales de nuestra fe sobre la relación y dependencia de la criatura con el Creador, hoy se presenta una interpretación más de acuerdo con la sensibilidad y aspiraciones legítimas del hombre actual. "Todo amor verdadero entrega por completo lo que ofrece e infunde un dinamismo de libertad para que cada uno se haga responsable de sus propias decisiones. Que la vida del hombre sea auténticamente suya, como verdadero propietario, no tiene que ir contra la soberanía de Dios. Nuestra sumisión y dependencia se manifiesta justamente en obedecer y cumplir con absoluta docilidad su voluntad soberana, pero ésta no se impone exclusivamente a través de los procesos naturales, sino que podría descubrirse mucho mejor con los esfuerzos de la razón" (López Azpitarte)

Así nuestra apuesta es por una visión religiosa que acentúe más la responsabilidad humana en torno al valor de la vida, pero teniendo claro que será la propia revelación quien aporta los datos imprescindibles para una recta normatividad y actuación del creyente en torno a este valor fundamental para el hombre. Todo esto sin olvidar, por otra parte, que para aquellos que no tengan esta dimensión trascendente, no tenemos otro criterio más que la libertad responsable, para valorar las diferentes actuaciones, relacionadas con el poder del hombre sobre la vida.

Con lo anterior me parece que ha quedado claro la importancia de la reflexión teológica moral con respecto a la vida, pues si bien es cierto que ella no tiene una varita mágica para la solución a todos los problemas que se presentan en torno a este valor, sí puede fortalecer una actitud más comprometida con su defensa y promoción, recordemos la propia actitud radical de Jesús ante la enfermedad, la muerte o la exclusión de sus hermanos los hombres.

III.                La provisionalidad en la reflexión de la Moral de la Vida

Por último dentro de esta reflexión no he querido dejar de lado un aporte crucial para nuestro tiempo y es la provisionalidad en la reflexión moral respecto a la vida.

Y es que la moral como ethos dinámico que busca siempre la mejor realización del hombre, necesita de la moralidad, como un conjunto de principio y criterios concretos, algunas de las cuales han alcanzado un grado de aceptación y de evidencia en nuestro tiempo y que forman parte de la conciencia social de la humanidad; pero otras deberán ir cambiando o afirmando sus formulaciones en la medida que las más antiguas y tradicionales demuestren que no son las más adecuadas actualmente. Si la elaboración concreta de algunas normas se realizan también con los datos científicos y culturales de un momento histórico, no será posible, a veces, darles un carácter definitivo para siempre. Los principios y las normas anteriores podrán ser objetivos y orientadores de ordinario, pero a veces habrá también plantearse si continúan teniendo validez, sobre todo si se trata de problemas inéditos hasta el presente.

      Acudir a la tradición es un gesto de prudencia y sensatez, pues la experiencia aporta datos interesantes y ahorra esfuerzos inútiles; pero el respeto al pasado no es absoluto. Este hecho no tiene por qué conducir al escepticismo o a una postura relativista, pues si se analizan los presupuestos de toda valoración moral, la conclusión se hace comprensible, aunque no coincide con aquellos que han partido de otras premisas. La discusión actual sobre muchos temas de bioética se explica a partir de estos elementos previos.

Pero que este conocimiento sea histórico y evolutivo no significa que todo lo anterior se considere falso, sino que la conquista de la verdad, como toda gestación se hace lenta, difícil y dolorosa, ya que nunca se realiza en forma definitiva y todo lo nuevo provoca de inmediato una cierta perplejidad.

Por eso se ha defendido muchas veces, sobre todo cuando se trata de situaciones nuevas e inéditas, la conveniencia de mantener una moral de la provisorio para poder discutirlas, para adecuarlas con los principios anteriores o ver si éstos se requiere una nueva formulación y para tener un margen de tiempo suficiente para conocer sus consecuencias, pero sin darle tampoco de inmediato una aprobación definitiva. Se trata de no cerrarse, por una parte, a los descubrimientos de una verdadera ciencia humana, ni dejarse seducir, por otra, por la novedad, que puede resultar también negativa e inaceptable.

      El esfuerzo habría que ponerlo, por tanto, en ofrecer una visión más personalista a la investigación, como alternativa a esa tecnocracia que sólo se preocupa de los resultados y del progreso, sin ninguna sensibilidad para el hombre, como valor primario. Lo importante sería la defensa de lo humano para descubrir en todo caso lo que parece mejor para la dignidad de la persona, aunque en ocasiones exigiera la renuncia a otros posibles objetivos. En la medida que se diera esta recuperación de lo humano, pensamos que seguramente las discrepancias se irán reduciendo y la ciencia tomará el verdadero papel que le corresponde.

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