ÉTICA TEOLÓGICA Y VIDA HUMANA
Lección
2
I.
Particularidades de la Bioética Teológica
En la lección anterior hemos
reflexionado sobre el valor de la vida en el ámbito de la ética laica, en esta
sesión nos aproximaremos a la reflexión teológica. Por lo que respecta a la
bioética teológica es la parte de la Teología
Moral que estudia la eticidad de la vida humana desde su
concepción hasta la muerte a la luz de la revelación en Cristo, su origen se
debe a los nuevos problemas que plantean la medicina y la biología, ciencias
que han experimentado en los últimos tiempos significativos avances técnicos,
los cuales interrogan de continuo a la ética y a la teología moral sobre la
dignidad de la vida humana y su destino.
Así, como parte de la ética
teológica, la bioética tendrá que tener en cuenta la relación de la conducta
humana en este campo con la manifestación de Dios y cómo a través de sus actos
y actitudes en esta materia toda la persona humana va respondiendo al diálogo
con Dios, que en Cristo y por el Espíritu Santo, le concede los dones de la
vida y del amor; sin embargo. Por eso es necesario aclarar que la bioética no
trata en primera instancia de condenar los abusos o los usos inadecuados de las
ciencias que estudian la vida, sino aprovechar los avances y los logros de esas
ciencias con el fin de obtener una vida más plena para todo hombre.
El cristiano, fiel a un Dios que
crea y ama la vida, debe ser un agente educador y protector de la conciencia
humana a favor de un respeto creciente a esa vida siempre amenazada. Y es que
en la tradición cristiana, como veremos, hay un núcleo de pensamiento sobre la
vida que se aduce con frecuencia para subrayar la dignidad del ser humano: la
vida como un don de Dios, y la imagen de Dios en el hombre, de esta manera la
vida para el cristiano se ve siempre desde Dios, ante Dios y hacia Dios.
Una ulterior confirmación del
valor de toda vida nos viene del hecho de la encarnación del Verbo, que asume
nuestra naturaleza humana y nuestra historia: la fe en Cristo hombre refuerza y
consagra todo lo humano.
Pero esta fundamentación religiosa
ha de ser presentada sin dar lugar a equívocos. La vida del ser humano,
independientemente de cualquier enfoque religioso, tiene un valor en sí misma y
por sí misma. Constituye la base y fundamento para que cualquier valor del ser
humano pueda desarrollarse en su proyección personal y social. La vida física
no garantiza automáticamente una vida en libertad, en la solidaridad con los
demás abierta a Dios, pero sin ella queda radicalmente comprometido todo proyecto
personal y todo servicio a la sociedad.
Por eso, la dignidad de la vida
en sí misma no debe sufrir cuando se apela a Dios. La fe cristiana ha de
suponer el sentimiento, fuertemente anclado en toda conciencia humana, de que
la vida es un valor básico a promover por su contenido intrínseco; partiendo de
esta base, se evitará la impresión que veces damos los cristianos, de que la
vida humana, sin la fe en Dios, está totalmente desprotegida. Hay que afirmar
el don de Dios, pero sin infravalorar la dignidad inherente a toda vida humana.
Así, en la actualidad y especialmente a partir del
CVII los moralistas católicos han tenido
en cuenta una serie de orientaciones fundamentales, que podemos resumir del
siguiente modo:
a)
La mera supervivencia biológica no constituye el
sentido de la vida humana.
b)
Debe pasarse de una antropología del cuerpo a la de la
“corporalidad” es decir la experiencia vivida del cuerpo como realidad total.
c)
El moralista debe superar en el campo de la bioética
una concepción fixista, biologista y ahistórica de la naturaleza humana, pensar
en el ser humano como un ser integral.
d)
Finalmente el moralista católico ha de pensar en el ser
humano como un ser llamado a la trascendencia y a la realización plena en compañía
de sus pares.
En este sentido, si como hemos
afirmado “la bioética es la reflexión sistemática sobre la conducta en el campo
de la vida y de la salud a la luz de los valores y principios éticos” y su
contenido es proporcionado por los datos
científicos relacionados con la vida y la salud; y su enfoque específico
es el proporcionado por la reflexión ética que plantea el interrogante por el sentido lo humano; y la metodología que se impone es la interdisciplinariedad entre la ética y
las distintas ciencias relacionadas con la vida y la salud, y su objeto debe
ser mejorar la calidad de vida. La Bioética Teológica
debe asumir estos datos y agregar aquellos que le son propios como son: su
antropología y el sentido trascendental de la vida, de tal manera que el hombre
creyente pueda encontrar en ella criterios y pautas, que sin contradecir los
diversos conocimientos racionales y científicos, pueda aportar nuevos elementos
de consideración a la hora de tomar determinaciones en torno a su vida y a la
de los demás.
De la misma manera hoy los teólogos moralistas
proponen tres grandes apartados para sistematizar el contenido moral de la vida
humana:
1)
El comienzo de la vida humana (aborto, fecundación
artificial, etc.)
2)
La calidad de vida (salud, enfermedad, trasplantes,
etc.)
3)
La ética frente a la muerte (eutanasia, guerra, pena
de muerte, etc.)
II. Necesidad de
una nueva reflexión teológica en el campo de la vida
Una vez que hemos hablado de la
pertinencia de la reflexión teológica en torno a la vida, constatamos también
que hoy vivimos en unas circunstancias bastante distintas a aquellas en que se
fraguaron muchos de los principios éticos que tienen que ver con ella, y aunque
el contenido fundamental sigue vigente, ciertos matices se han hecho
incomprensibles y duros para nuestra conciencia actual, que se acerca a estos
problemas con otra sensibilidad y cultura.
De allí que una nueva reflexión
se impone para ver lo que nuestros postulados, criterios y prácticas tienen de
más absoluto y permanente, y qué recientes formulaciones serían necesarias para
su mejor comprensibilidad. La "mentalidad enteramente nueva"
(GS 80), de la que el Concilio nos habla para examinar el problema de la
guerra, habría que aplicarla también de forma análoga, a otros muchos
problemas, incluidos los de la bioética. Por ejemplo, nadie se atrevería hoy a
defender la guerra contra herejes o paganos por no aceptar la fe católica, ni
condenarlos a la hoguera por sus falsas ideas religiosas.
Los avances científicos y el
progreso técnico, como hemos visto, ofrecen posibilidades inéditas y
desconocidas para nuestros antepasados. Habrá que buscar una nueva respuesta
para estos nuevos desafíos, que no habían planteado con anterioridad ninguna
interrogante. La luz de los principios tradicionales servirá, sin duda, como
una primera orientación para el análisis de los nuevos problemas e incluso para
la solución de los mismos; pero en otras ocasiones tal vez los datos de las
ciencias ayudarán también en la formulación más exacta y adecuada. El auge de
la bioética, como ciencia, se debe precisamente a la rapidez con que avanza la
técnica moderna y a la urgencia de dar cause e impedir un aparente progreso que
atente contra la vida del propio hombre.
En
este sentido tenemos que tener claro que ni la simple eficacia del progreso,
con todos los riegos que conlleva y los aspectos positivos que tiene, ni la
pura postura dogmática de posiciones tradicionalistas deben prevalecer en una
ética que aspira a orientar y encauzar la vida de los hombres y mujeres de
nuestro tiempo por caminos de responsabilidad y caridad.
Por eso en su afán de proteger a
la humanidad de los posibles abusos contra el mismo hombre la Iglesia ha insistido
siempre en que Dios es el único dueño y soberano de la vida. El don que nos
hace de ella es sólo para utilizarlo, según decíamos antes, pero sin que nadie
pueda disponer, como propietario, de una existencia que no le pertenece.
Sin embargo, el hombre actual,
argumentando desde la libertad y responsabilidad otorgada por el mismo Dios,
con las que el cristiano actúa en otras esferas de su existencia, no acaba de
ver por qué en este campo el hombre se reduce a ser un simple administrador,
sin ninguna competencia ni capacidad de decisión sobre su vida. Ciertamente
resulta más seguro imponer como obligatoria la voluntad de Dios, que se
manifiesta en el proceso de nacer y de morir, y que escapa por completo al
dominio del hombre. Pero algunos se preguntan, por qué aquí no hay espacios de
libertad responsable como en otros sectores de la ética.
Es precisamente en esa disputa donde
urge coherencia entre una autonomía bien comprendida y una adecuada teonomía en
el campo de la reflexión moral de la vida. Pues si bien es cierto que es propio
del ser humano tener una capacidad creadora, es igualmente cierto que ella
tenga límites, pues ninguna acción humana se basa en el simple capricho o en
una libertad sin fronteras.
Por eso, y
sin negar ningunos datos fundamentales de nuestra fe sobre la relación y
dependencia de la criatura con el Creador, hoy se presenta una interpretación
más de acuerdo con la sensibilidad y aspiraciones legítimas del hombre actual.
"Todo amor verdadero entrega por completo lo que ofrece e infunde un dinamismo
de libertad para que cada uno se haga responsable de sus propias decisiones.
Que la vida del hombre sea auténticamente suya, como verdadero propietario, no
tiene que ir contra la soberanía de Dios. Nuestra sumisión y dependencia se
manifiesta justamente en obedecer y cumplir con absoluta docilidad su voluntad
soberana, pero ésta no se impone exclusivamente a través de los procesos
naturales, sino que podría descubrirse mucho mejor con los esfuerzos de la
razón" (López Azpitarte)
Así
nuestra apuesta es por una visión religiosa que acentúe más la responsabilidad
humana en torno al valor de la vida, pero teniendo claro que será la propia
revelación quien aporta los datos imprescindibles para una recta normatividad y
actuación del creyente en torno a este valor fundamental para el hombre. Todo
esto sin olvidar, por otra parte, que para aquellos que no tengan esta
dimensión trascendente, no tenemos otro criterio más que la libertad
responsable, para valorar las diferentes actuaciones, relacionadas con el poder
del hombre sobre la vida.
Con lo
anterior me parece que ha quedado claro la importancia de la reflexión
teológica moral con respecto a la vida, pues si bien es cierto que ella no
tiene una varita mágica para la solución a todos los problemas que se presentan
en torno a este valor, sí puede fortalecer una actitud más comprometida con su
defensa y promoción, recordemos la propia actitud radical de Jesús ante la
enfermedad, la muerte o la exclusión de sus hermanos los hombres.
III.
La
provisionalidad en la reflexión de la
Moral de la
Vida
Por último dentro de esta
reflexión no he querido dejar de lado un aporte crucial para nuestro tiempo y
es la provisionalidad en la reflexión moral respecto a la vida.
Y es que la moral como ethos dinámico que busca siempre la
mejor realización del hombre, necesita de la moralidad, como un conjunto de
principio y criterios concretos, algunas de las cuales han alcanzado un grado
de aceptación y de evidencia en nuestro tiempo y que forman parte de la
conciencia social de la humanidad; pero otras deberán ir cambiando o afirmando
sus formulaciones en la medida que las más antiguas y tradicionales demuestren
que no son las más adecuadas actualmente. Si la elaboración concreta de algunas
normas se realizan también con los datos científicos y culturales de un momento
histórico, no será posible, a veces, darles un carácter definitivo para
siempre. Los principios y las normas anteriores podrán ser objetivos y
orientadores de ordinario, pero a veces habrá también plantearse si continúan
teniendo validez, sobre todo si se trata de problemas inéditos hasta el
presente.
Acudir
a la tradición es un gesto de prudencia y sensatez, pues la experiencia aporta
datos interesantes y ahorra esfuerzos inútiles; pero el respeto al pasado no es
absoluto. Este hecho no tiene por qué conducir al escepticismo o a una postura
relativista, pues si se analizan los presupuestos de toda valoración moral, la
conclusión se hace comprensible, aunque no coincide con aquellos que han
partido de otras premisas. La discusión actual sobre muchos temas de bioética
se explica a partir de estos elementos previos.
Pero que este conocimiento sea
histórico y evolutivo no significa que todo lo anterior se considere falso,
sino que la conquista de la verdad, como toda gestación se hace lenta, difícil
y dolorosa, ya que nunca se realiza en forma definitiva y todo lo nuevo provoca
de inmediato una cierta perplejidad.
Por eso se ha defendido muchas
veces, sobre todo cuando se trata de situaciones nuevas e inéditas, la conveniencia
de mantener una moral de la provisorio para poder discutirlas, para adecuarlas
con los principios anteriores o ver si éstos se requiere una nueva formulación
y para tener un margen de tiempo suficiente para conocer sus consecuencias,
pero sin darle tampoco de inmediato una aprobación definitiva. Se trata de no
cerrarse, por una parte, a los descubrimientos de una verdadera ciencia humana,
ni dejarse seducir, por otra, por la novedad, que puede resultar también
negativa e inaceptable.
El
esfuerzo habría que ponerlo, por tanto, en ofrecer una visión más personalista
a la investigación, como alternativa a esa tecnocracia que sólo se preocupa de
los resultados y del progreso, sin ninguna sensibilidad para el hombre, como
valor primario. Lo importante sería la defensa de lo humano para descubrir en
todo caso lo que parece mejor para la dignidad de la persona, aunque en
ocasiones exigiera la renuncia a otros posibles objetivos. En la medida que se
diera esta recuperación de lo humano, pensamos que seguramente las discrepancias
se irán reduciendo y la ciencia tomará el verdadero papel que le corresponde.
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